jueves, 26 de noviembre de 2009

capitulo 11º "¿verdad o reto?"

Nota 11.

Música, música... de la musa rockera, para alegrar al corazón: Wicked Gamede Stone Sour, Point of safe return Amanda Somerville.

Je je, y la verdad yo escuchaba –toda linda—ja ja, No diré que es amor de la película Hércules de Disney, jiji Disfruten la música.


LAMENTO PONERLA HASTA AHORITA PERO ES QUE LA VERDAD NO PUDE ANTES POR LA ESCUELA PERO MAS VALE TARDE QUE NUCA JAJAJJAA DISFRUTEN BESOS VAMPIRESCOS Y COMENTEN POR FA BYE!!!!!!!
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Edward y Bella Pictures, Images and Photos


11. ¿Verdad o reto?

Bella POV

Inescrutable. Esa era la definición exacta que le podía dar a la actitud que presentaba Edward cuando entré a la habitación. Continuaba recargado en la pared inmediata a la puerta de la recamara, y sin menor duda, era obvio que estaba concentradísimo en algún pensamiento malévolo. Infundía temor a simple vista, desbordaba ira. Y hubiera permanecido estática de no haber sido porque su galanura lleno el ambiente. Suspiré en reacción a lo inalcanzable que me parecía. Como siempre, chocaba el verlo tan perfecto. Ni siquiera las emociones negativas lo hacían desmejorar su apariencia. Hoy, en especial con este último cambio de ropa, su aspecto llegaba a aturdir bastante. Su cabello extravagante combinaba con el look trendy que traía.

Los diecisiete años permanentes en Edward jamás se presumían como en estos minutos, su apariencia casual y su tersa piel nívea lo mostraban al mundo como un joven, pero su actitud y su seguridad lo hacían parecer más maduro. Fascinante.

Un toque escandaloso en la puerta me hizo dar un grito del susto y a él salir de su mundo interno. Giro como torbellino su cabeza para voltear a verme, su expresión denotaba enfado. Percibió que yo me había puesto nerviosa con su reacción y trató de suavizar sus facciones. Bajó su rostro en signo de vergüenza y susurró apenado un “lo siento”. Entonces el segundo estrepitoso golpeteo a la puerta desvaneció aquello, ahora se movió a velocidad humana para abrir la puerta y con un bello andar que dejaba a la vista esa encantadora silueta varonil. Admirable. Su ancha espalda se erguía para darle paso a su angosta cintura. Todo en su anatomía tenía el embrujo natural a flor de piel y yo no poseía un escudo protector contra tal emboscada.

Entraron los del servicio a la habitación con la comida desatando a mis ojos del hechizo, y todo porque mi estado humano reclamó la siguiente necesidad: Alimento.

Fruta, bebidas y otras cosas que venían tapadas fueron desfilando enfrente de mí. Mi estómago chilló en cuanto destaparon algo que tenía olor a pollo o pavo, no lo sé, sin embargo el aroma era apetitoso y embriagador. Edward levantó la mirada en mi dirección y sonrió discretamente, mas le hubiera valido no haberlo hecho, porque mi cabeza comenzó a hilar fantasías en donde no debía. Las analogías entre el aroma, la comida y mi sangre nunca antes tuvieron el peso adecuado ni fueron tan concisas. Mejor mirar a otro lado… a la ventana.

Edward POV

La respuesta natural de Bella, ante su voraz apetito me provocó asombro y acto seguido jocosidad, por su fragilidad humana. Pero lo que se ganó mi buen humor fue que al parecer su Ángel de la Guarda, por fin, le había pasado el memorándum de: “Edward es un vampiro y desea tu sangre” y ¡cómo no propiciar que mi risa saliera a flote tras esa falta de atención y torpeza por parte de su “Ángel”! Con razón Bella corría peligro cada millonésima de segundo.

Verla ocultar sus pensamientos era una delicia. Alegrarme por su actitud infantil y su preocupación era algo que no tenía precio. Tonta Bella, si supiera lo que en verdad pasaba por mi cabeza y mi corazón, probablemente el único miedo que rondaría por su interior sería el tener a un vampiro eternamente enamorado de ella.

Bella POV

¡Ay bueno ya! Tampoco iba a pasarme todo el rato evadiendo mis emociones sólo porque mi hambre me llevó a recordar que a Edward no le convenía estar conmigo, porque su sed era más fuerte que cualquier sentimiento que me pudiese haber tenido. Comería.

La siguiente hora pasó como si nada, entre silencios y sonidos televisivos. Ninguno de los dos se había atrevido a conversar con el otro, y si como yo suponía toda mi llamada telefónica estaba en su mente cuando entré al cuarto, los posibles temas se limitaban al clima y a la programación nacional. Aburrido.

Tanto él como yo teníamos bastantes dudas sobre nuestras acciones. Varias veces lo cachaba observándome con intención de iniciar una plática, sin embrago sus ojos rehuían constantes y esquivos a dicha posibilidad.

Edward estaba en una silla que se encontraba al lado de la ventana del cuarto, a unos seis metros del sillón donde yo estaba incomoda por el collarín. Según, veía la televisión y él el exterior.

--Oye Edward, ¿de casualidad no tendrás una laptop?—dije aburrida y sin quitar la mirada de la pantalla del televisor.

La verdad, era la pregunta menos adecuada para dirigirme a él, pero ya no aguantaba estar sin escuchar su aterciopelada voz. De antemano sabía que no iba a escuchar una respuesta afirmativa.

-- Sí –declaró—. Está en el coche.

--¿Me la puedes prestar? –Dije incrédula—Es que… no quiero hablar por teléfono con nadie y necesito avisarle a Renee que estoy bien, y que ella a su vez le diga a Charlie –admití.

Volteé todo mi cuerpo para poder verle la expresión; me desconcertó que no estuviera. Giré el torso al lado contario para descubrirle y tampoco estaba. Puse los ojos en blanco, era simplemente insoportable que no se contuviera. No estaba acostumbrada a los reflejos vampíricos y, por si fuera poco, me sacaba de mis casillas ser tan lenta con las torceduras del cuello y la muñeca.

Más tardé en pararme del sillón, que él en estar nuevamente dentro del cuarto. Como era normal en un humano, volví a espantarme ante esas apariciones. Con la mano derecha me toqué el corazón para sosegarlo un poco y respiré profundo.

--Aquí está. Viene encendida...–explicó y me la dio en las manos— Para que la puedas utilizar –dijo con cierto tono apenado. Su rostro se acercó peligrosamente a medio metro del mío.

Y lo único que pude decir fue un estúpido: “sí”. ¡Qué cobarde era cuando lo tenía tan cerca! ¿Dónde había quedado el carácter de unas horas antes? Cuando no le hablaba ni porque de eso dependiera mi vida.

Me llevé la laptop a la recamara porque quería descansar un momento del fastidioso collarín.

Una vez cómoda y tumbada en la cama, abrí la laptop. Hoy en día la imagen del escritorio decía mucho de la personalidad de los sujetos, así que darle un vistazo a la de Edward me ayudaría a conocer en qué andaba.

Para mi curiosidad, la fotografía representaba el fenómeno natural de un sol de medianoche.

No me decía nada a simple vista la imagen, pero cuando moví mis ojos a la pestaña de la cuenta del Messenger, ¡me quería morir! Sí, que me tragara la tierra, pero a la voz de ¡ya!

Dos veces, con lentitud y cuidado, leí:

dimedii_solis_

¡Demonios! No era Jared con quien hablaba en esta madrugada. La prueba era fehaciente y todavía muy vívida como para olvidar su rareza.

¡Claro! Estaba en latín –no es que lo dominara mucho—. Sin embargo para el examen final de la clase del señor Smith, mi maestro de Literatura Universal II, había sido necesario saber lo básico de las etimologías latinas. Y sin duda, ESO era latín. ¡Cómo no me di cuenta! Rayos.

Traduje literalmente las palabras que conformaban la cuenta. Eran algo así como "medianoche", “sol" y ¿"para usted"? ¡Bah! No lo negaré, reconocer la imagen del escritorio me ayudó a concretar la interpretación de aquellas palabras... "sol de medianoche para ti".

¡Tonta, tonta, TONTA!

Ahora comprendía por qué sabía lo de Jake… ¡Cómo fui a pensar que Jared tendría una cuenta con palabras en latín!

Me comenzaron a temblar las manos, mi corazón se paralizó. Entristecí al recordar lo que le escribí. No sólo lo enteré de la pelea con mi novio – lobo, sino algo más fuerte: que amaba a Jacob Black.

Edward POV

El corazón de Mi Vida dejó de latir a su ritmo normal, su respiración se entrecortó y su presión disminuyó vertiginosamente.

Sabía que era mala idea lo de la laptop desde que me la pidió, pero qué iba a hacer... ¿Negársela?

El existir en este mundo es duro. Muy duro. Uno no llama a las verdades, tal vez ni las busca, pero de igual manera... llegan.

Cerré los ojos para intentar visualizar, según las percepciones que recibía a través de mis sentidos, sus movimientos en mi mente. Permanecía quieta.

El veneno se aglutinó en mi boca.

La presa está indefensa… – me dijo el demonio.

Tensé los parpados para apartar los instintos del monstruo. Pero hubo más veneno; más ardor en mi garganta. No quería imaginar lo que sucedería si empezaba a respirar el exquisito aroma di mi dolce Vita.

La angustia de desconocer completamente mi capacidad para controlar mi sed me enloqueció. Era preferible salir de esta habitación antes de que cometiera el peor error de mi asquerosa historia como vampiro.

Con sigilo, me escabullí por el balcón y salté a la calle. Necesitaba controlarme. Precisaba alimentarme con urgencia.

Animales, sólo animales maldito demonio, repasé mentalmente y me adentré en la reserva de Kalaloch.

Bella POV

La noche apareció sin darme cuenta. Las horas eran un pesar desde que descubrí mi estupidez. No es que supusiera que a Edward le importara a quién amara, pero mis esperanzas decayeron de una manera muy singular.

LO AMABA y verlo tan cerca de mí sólo engrandecía aquel sentir, que por un año esquivé y luché por no traerlo a mi desdichado corazón.

Todos recibimos lo que venimos cosechando, y al menos yo nunca soñé en alejarme ni cortar la relación que tenía con Edward, mas él sí, y por tal razón lo convertía en su verdugo principal. Ciertamente sus sentimientos hacía mí habían cambiado desde aquel septiembre, pero muy en el fondo tenía la ilusión de que le quedara algo de amor por mí.

Llegó la hora en que se supone los humanos debemos de dormir y con una conversación muy escueta me mandó a descansar.

Llevaba unas tres horas dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño; a lo mejor me encontraba ansiosa por saber que en la habitación contigua Edward se hallaba, quieto, atento y a la expectativa de mi descanso.

Era tiempo de la rendición y de las confesiones. Mi corazón se empezó a alocar por los nervios. Las mariposas habituales que se juntaban en el estómago, se agolparon en mi garganta dejándome emitir un suave sonido.

--Edward –susurré desde la cama.

El silencio pareció reinar alrededor, ninguna respuesta del solicitado.

--Bella –habló a lo lejos, con ese excelente tono aterciopelado.

--¡Me escuchaste! –musité entusiasmada, él lo notó.

--Si oigo cosas que no deseo ¿por qué no escuchar tu voz entre todo el murmullo de sonidos? –su voz era modulada, sabía a que tono lo podría escuchar con claridad.

¿Había puesto atención? ¿Acaso Edward se refería a que quería escucharme o sólo era un comentario cortés? ¡No importaba! Fuera como fuera esa declaración me colmó de alegría. Tal vez exageraba con lo de Jacob.

--¿Te duele el cuello? O serías tan amable de explicarme ¿por qué no puedes dormir?—dijo y me abrió las puertas del cielo ¡Le importaba todo lo que me sucediera!

--No sé, no puedo conciliar el sueño –mentí—, además ¿quién piensa en el cuello cuando tú estás en el cuarto contiguo? –me atreví a decirle, me sonrojé ipso facto pues sentí el calor en mi cara.

--¿Necesitas vigilarme?—preguntó y su voz se escuchó más cerca, por lo visto no había entendido mi comentario— No te voy a comer Caperucita, eso sólo lo hace el lobo –dijo sarcástico.

¿Qué le pasaba? A caso no me había dado a entender con el simple comentario de: “¿quién piensa en el cuello cuando TÚ estás en el cuarto contiguo?”. Peor aún, me sacaba descaradamente lo de Jake. Ahora era tiempo de contraatacar.

--Sí, desgraciadamente sólo el lobo –continué su juego—. A Caperucita la dejó su novio en el bosque, ¿sabías? –Ironicé—, y por eso se la “comió” el lobo –esa declaración tenía otro significado que esperaba él no entendiera.

“En realidad no iba a ir con su abuelita –afirmé sarcásticamente— ¿Nunca te contaron esa historia? Es muy interesante –enfaticé con todo y los gestos adecuados para ser más dramática.

--Me imagino que sí –resaltó con amargura—, sin embargo no me la contaron… pero por qué no me haces el honor de relatarme tan bella historia –acentuó con verdadero atino las últimas tres palabras.

Su presencia se materializó a un lado de la cama. Se sentó en el borde de ésta y casi me mata del susto –por tercera vez—. Brinqué y le reclamé que se apareciera de golpe. El movimiento brusco provocó que me punzara de dolor el cuello. Edward, como siempre atento a mis reacciones, acercó el collarín y con extrema delicadeza me levantó para ponerme adecuadamente el soporte. Lo más reconfortante fue cuando su gélida mano rozó mi cuello, parecía aminorar la molestia. Mi expresión de placer debió de ser muy obvia –hasta en la oscuridad—, ya que posó su mano un momento más prolongado en el sitio donde me produjo satisfacción.

--Te voy acomodar el collarín Bella –susurró y abrí los ojos mientras él se acercaba cuidadosamente a mí— ¿Vas a contarme esa maravillosa historia o no?

--Mmmm… no lo sé –dudé y me acomodé con las piernas cruzadas, Edward estaba justamente frente a mí—Yo también tengo curiosidad de conocer algunas historias –intercambié una mirada con él.

--Tú siempre tienes curiosidad, ja ja ja –se rió y toda la luz de la Luna que entraba por la ventana se opacó. Qué insoportablemente guapo era.

Mi corazón latió mucho más rápido de lo acostumbrado.

--Wow –emití sin conciencia ni lógica, sólo mi instinto me guió—Había pasado por alto lo hermoso que te ves cuando sonríes –susurré pero con su fino oído, pareció que le grité.

Reflexioné al instante mi aseveración y me ruboricé de la pena. Aunque no fui la única incómoda por el comentario ya que Edward movió su rostro en dirección al piso.

--Bella… yo…—miró ahora a la ventana—Nada… mejor empieza –dijo con un atisbo de ¿tristeza?—. Quiero conocer los pormenores de la verdadera historia de la Caperucita –murmuró más animado.

Tenía que encontrar una salida magnífica a ese relatito antes de que me ganara Edward y yo me quedara con las interrogantes respecto a su vida durante este año y medio que no lo había visto. Al fin y al cabo, lo más relevante de esa historia ya lo conocía. Y ¡Eureka!, una idea me iluminó el pensamiento.

--Ya sé que vamos hacer Edward. Para que los dos tengamos oportunidad de saber del otro y sin llegar a enojarnos, que te parece si jugamos –indagué.

--¿Jugar… a qué?—dudó y de una forma muy aniñada contrajo sus piernas y las entrecruzó como yo.

--Vamos… será enriquecedor y habrá sorpresas –lo animé a aceptar mi idea.

--Explícate, no te comprendo… -dijo mientras fijaba su mirada en mí.

--¡Verdad o reto! –alcé mis hombros e hice un gesto inocente.

--¿Estás segura? Date cuenta de que tienes muchas desventajas al lado mío –me vio de arriba a abajo—. Para empezar tu deteriorada salud –comentó y con su barbilla señaló mi cuello—. Pero si quieres jugar a eso me parece buena idea. Va a ser muy interesante –dijo pícaro.

--Sí, juguemos Edward. Propongo la regla de oro: No se puede evadir la verdad ni el reto. Una vez enunciada la petición no hay marcha atrás –estaba dando pauta a mi condena, también—. ¿Trato hecho? –le extendí la diestra.

¡Por todos los cielos! Ansiaba tocarlo. Y esa había sido la artimaña más sucia que pude haberme inventado. No podía atreverme a tocarlo así como así, no podía, dónde quedaría mi compromiso con Jake, no, no y no. Edward era demasiada tentación. O quizá demasiado celestial.

--Trato hecho –me estrechó la mano. woooow—. Las damas primero por favor –dijo cortésmente, haciendo un ademán con la mano izquierda.

--Gracias.

Tranquilo tonto corazón. No es momento de ser impertinente, pensé. Hora de concentrarse. Tenía que ser bastante astuta con mis preguntas… ¿Por dónde principiar el interrogatorio?

Edward POV

¿Retos? Esta pequeña sirena no tenía ni idea que llevaba todas las de perder ¿o qué?

Me pareció muy mala su elección, pero como buen espectador me dedicaría a observar y a fingir que sus retos eran algo insoportable. Todo con tal de hacerla victoriosa de una guerra cuyo éxito ya era mío.

¿Verdades? No lo creo. Más bien, verdades a medias. Como todo. Ni siquiera ella iba a ser completamente sincera conmigo. Lo intuía con antelación por cómo se mostraba reacia cada que le sacaba a colación a su xoloescuincle. Y aparte, en el bolsillo derecho de mi pantalón había un objeto con el cual no podría lidiar tan fácilmente: la argolla de compromiso.

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