jueves, 10 de diciembre de 2009

capitulo 15º "amanecer"

Nota 15: Las recomendaciones van entorno al POV. Para Bella es All I need de Within Temptation, para Edward es Goodbye my lover de James Blunt; y una canción que no pueden dejar de escuchar: We are the lucky de Bif Nacked para el último Bella POV.

La musa rockera recomienda tres canciones bellas, ojalá las oigan: Because you loved me de Céline Dion, Perfect love de Elis y When a man loves a woman.

¡Qué comience la magia!

***EL SIGUIENTE CAPÍTULO ES UN LEMON (contenido adulto)***

bajo la pasion Pictures, Images and Photos
--------------------------------------------------------------------------------

15. Amanecer

“Acaricia mi alma,

suaviza mi ser,

esteriliza mi sangre,

purifica mi amor”

Zoé (Corazón atómico).

Bella POV

Sensaciones. Sólo y a través de la boca de Edward sentía la más grata línea entre la cordura y la locura; esa verdadera lanza de fuego que surcaba los corazones más helados o apasionados era la que mi “algo más” tiraba con justo y premeditado pecado a mis labios.

Cuando le pedí que me besara, no imaginaba que mi deseo llenara por completo mis venas, pues aún me percibía inestable por el maldito efecto de la pastilla, sin embargo en cuanto abrí mis ojos y me sentí en pie, moviéndome al vaivén de un vals bajo la luz de la luna, tuve que aceptar que mi percepción de los hechos estaba muy lejos de la realidad y que yo me hallaba enfrascada en la dulce ilusión de los besos de chocolate de Edward, y creo que eso fue suficiente para mi cuerpo, porque sin reprimirlo soporté cualquier molestia o vergüenza del mundo terrenal.

Mi pulso se aceleró. ¡Estaba danzando en los brazos de Edward!

Sonidos. La melodía con la que nos movíamos venía directamente desde sus adentros, la canturreaba mientras me besaba, a pesar de hacerlo tan apasionadamente como yo a él. Pero lo interesante en todo este ofuscamiento era: ¿por qué no lo había distinguido antes? ¿Cómo era posible que Edward tuviera el juicio y el control de todo su cuerpo con este tremendo deseo entre los dos? ¿O es que yo iba a ser la única que me deshiciera? ¡Maldita debilidad humana!

Mis manos, que estaban a la altura de su cuello, se aferraron un poco más y se enredaron en su cabellera.

Respirar. El aire me comenzó a faltar y las vueltecillas del vals no ayudaban a diferir entre un mareo casual o la escasez del elemento vital.

Luché por agarrar fieramente un poco de aliento, porque en este instante no sabía que era lo más importante dentro de la vida: respirar o amar.

¿Por cuál instinto nacemos primero?

Edward se separó a cuenta gotas de mi boca y abrió sus ojos con una expresión de ternura que nunca antes le había visto reflejada en su cara; la luz nocturna le ayudó a magnificar su mirada hasta lograr que sus ojos se vieran tan brillantes como las estrellas. ¡Cómo no embelesarse en esa imagen! ¿Cómo?

Se interrumpió el baile y la melodía y Edward me colocó en el suelo; sus labios bajaron tiernamente a la altura de mi nariz, un hermoso detalle que planeó con el propósito de recordarme, a través de un delicado beso, por qué nos habíamos detenido. No cabía duda, ¡me amaba!

Al instante en que recibí el beso, su fragancia se coló por mis fosas nasales, dulce, tan dulce, me encantaba y gracias a eso respiré con más gusto. La idea de irme acostumbrando a tenerlo adentro de mí no sólo se concretaba en un acto físico sino también vital. Inhalé hondo y suspiré después de unos segundos.

Sí que necesitaba ese aire; pero mi corazón me regresó un impulso lleno de amor que me produjo volver a suspirar para lograr controlar aquel inmenso amor y deseo que aprisionaba mi pecho.

El olor del mar y también el recuerdo del aroma que despedía el rocío del pasto húmedo y las flores violetas, amarillas y blancas de nuestro prado empaparon mi nariz y me sentí alegre al envolverme de aquellas memorias combinadas con realidades.

Mi corazón quería cantar al igual que Edward… Oh… qué tonta… ¡Por eso cantaba Edward! La gigantesca felicidad de estar juntos la expresó en ese baile y en esa melodía, y yo no la había percibido por completo. ¡Qué insensible!

¡Desagradable debilidad humana!

Sonreí al percatarme indefensa por sus encantos. Acurruqué mi cabeza en su pecho y lo abracé con una oleada de amor que me atenazó el corazón; su respuesta a mi gesto fue acariciar suavemente mi espalda.

Mi motor recibía a chorros la gasolina proveniente de mis venas. Mi pulso lo percibía hasta detrás de las orejas; si esto significaba amar, con alegría aceptaría hacerlo eternamente.

Otro beso llegó a mí, de forma inesperada, pero esta ocasión a mi cabeza; después me tomó por los hombros y giró mi cuerpo ciento ochenta grados, de tal suerte que mi espalda le perteneciera y su rostro pudiera entrar entre mi cuello y mi hombro izquierdo.

Observar. Edward señaló, sin decir ni una palabra, a la oscuridad del cuarto, exactamente a la pared más cercana a nosotros para que dirigiera mi mirada hacia allá, y con su otro brazo me ciñó a él. En principio dudé de lo que quería que viera, sin embargo el reflejo que nuestra piel blanca dibujaba en aquella superficie me dio la respuesta: un espejo. Edward quería que observara la dicotomía que formábamos.

Para mí fue muy extraño ver como un sueño se convertía en realidad; lo que mis ojos capturaban tenía un aire de fantasía, sobre todo porque Edward transmitía con su expresión un universo de amor, de amor hacia mí. Abrí los ojos tanto como pude y con una de mis manos le toqué el rostro para aseverar que esa imagen no se desvanecería. Él reforzó mi confianza dándome el beso más tierno que jamás haya recibido en la mejilla, y a pesar de estar congelado y erizar con él hasta el último poro de mi piel, fue el primer beso que sintió mi alma.

De repente, Edward soltó mi cintura, pero con posteridad tomó mi diestra para acercarme al espejo.

Todavía alcanzaba a ver mi cuerpo completo en el objeto cuando Edward desengancho nuestras manos; sigilosamente y a velocidad humana se dirigió a la pared. ¿Qué tramaba?

No tenía idea del paso siguiente y por tal mi cara mostraba todo un gesto de confusión. Edward me lanzó una mirada coqueta y con sus ojos me indicó que no perdiera detalle de lo que reflejaría el espejo Cuando puso una de sus manos encima de la superficie de éste mi mirada automáticamente siguió su movimiento. Su dedo anular tocó la parte donde mis labios se manifestaban, los dibujó lentamente como si los estuviera rozando en realidad. Me estremecí por aquella insinuación y llevé rápidamente mi mano a cubrir mi boca para cerciorarme de que ese tacto helado no estaba en realidad ahí. Edward se sonrió al ver lo que causaba en mi cuerpo y entonces cuando fue cachado por mi mirada apenada, me movió la cabeza de derecha a izquierda para recordarme que esas sensaciones no eran propias entre nosotros. Me mordí el labio y él volvió a sonreír, pero con esa sonrisa alucinante. Movió un poco los dedos con la intención de que continuara atenta a su juego y volteé sin más recelo a ver mi figura; su dedo ahora descendía a dibujar mi cuello, sentí cosquillas de imaginarme su caricia y encogí un poco aquella parte de mi cuerpo; el contorno que le siguió fue mi pecho y con más detenimiento lo formó, su dedo recorrió mis dos senos a manera de líneas serpenteantes que incitaban a que mi deseo y los recuerdos de este día se me aventaran, como insaciables motivos para ir de lleno contra su cuerpo y denudarlo a la voz de ¡ya! Mi pecho comenzó a subir y abajar de lo rápido que estaba respirando, me mordí el labio otra vez para tranquilizarme y Edward debió de sentir mi emoción por su sucia estrategia porque soltó una risita nerviosa. El dedo se deslizó nuevamente y en dirección a mi cintura, aquí abrió toda la palma de la mano y la posó en ese lugar por algunos segundos, volteó a ver mi reflejo y desde el espejo me otorgó un beso en un hombro; suspiré sin remedio alguno. Mi corazón necesitaba sacar un poco de él al mundo, sino allá adentro iba a colapsarse entre las sensaciones que le mandaban mis ojos. Mi cintura dejó de ser la huésped de su mano, y su dedo recorrió la ruta prohibida entre nosotros. La caída era libre y su dedo iba descendiendo de mi ombligo a mi vientre, de mi vientre a mi pelvis, donde momentáneamente extendió todos sus dedos y el camino se hizo todavía más lento, lo que provocó que la sangre y la temperatura subieran intensamente a mi cuello, y entonces vi como su dedo volvía a su solitario recorrido, pero con la fija mira de delinear aquello que me moría porque tocara en realidad: mi sexo. Miles de mariposas se alborotaron en mi estómago y sentí como mi ropa interior comenzaba a humedecerse con la fantasía que estaba creando en mi mente.

Después de gozar ambos con esa demostración, Edward recargó las dos manos en el reflejo de mis piernas y las recorrió con la misma velocidad que todo mi demás cuerpo hasta que llegó el final del espejo.

Yo simplemente estaba perpleja, ¿cómo podía lograr Edward hacer de algo común, un excitante motivo para desearlo más?

Me percibí mareada y respiré para no tambalearme; lo había olvidado… era humana.

Edward se puso de frente a mí me miró con sensualidad, sus ojos jamás volverían a tener ese candor por dentro y necesitaba guardar ese recuerdo, así que no aparté mis ojos de él, por mucho que me costara sostener esa mirada insinuante.

Sentir. Edward se fue acercando con la galanura que se mueve un león cuando intenta seducir a su pareja, estrechó mis manos con las suyas con el objetivo de atraerme hacia él; se encorvó un poco para que su cara pudiera estar a mi altura. Me sentí insegura con tremendo hombre deseándome y a milímetros de mí, le fascinaba retardar el placer, sin embrago intenté que mi corazón se mantuviera en el ritmo que ya latía; pensaba en eso cuando su hipnotizadora mirada me desarmó y sorpresivamente me besó.

Por reacción innata me hice para atrás, y por esa estúpida acción casi pierdo el poco equilibrio que me sostenía, pero el brazo de Edward una vez más estaba detrás para resguardarme. Y gracias a todos los cielos su boca no se apartó de mis labios en mi torpeza. Antes al contrario nuestro beso fue mayormente recompensado por la embriagante pasión.

La mano que tenía estrechada aún la mía se liberó de su cárcel y fue a darle apoyo al abrazo que ahora se construía férreamente en mi cintura.

Edward no sólo besaba excelente sino que abrazaba diez mil veces mejor. En aquella muralla era difícil sentirse desamparada, era mágica. Esa necesidad que había surgido de tenerme tan cerca de él me hechizaría de hoy en adelante si llevaba de por medio más abrazos como éste.

El universo comenzó a girar y a girar. ¿Así de poderoso era el deseo? Porque la fusión emocional era sin precedentes el primer sentir celestial y la pasión enorme que concebía por él no era humana… tal vez sí estaba en los brazos de un ángel y estaba cometiendo un pecado todavía mayor.

Mis manos actuaron al sentirse excluidas de la diversión y llegaron hasta sus prominentes hombros, los apreté repetidas veces, unas para jalarlo en mi dirección y rozar con más fuerza mis senos en su pecho, otras con el fin de meter más fuego al beso con el cual nos estábamos devorando. Había momentos en que dicha actividad también creaba que mi sexo se prendiera en llamas, sobre todo cuando empecé a percibir que con ciertos roces de nuestras caderas la cercanía del sobresaliente bulto de su pelvis raspaba mi clítoris, lo que humedeció mil veces más mi ropa interior.

Sin mandarles la señal de luz verde a mis dedos, ellos decidieron revelarse y corrieron a los botones de su camisa blanca, desabotonando uno a uno, lo más veloces que pudieron, a aquellos guardianes. Edward terminó por lucir su hermoso pecho y torso a la luz de la luna en algunos minutos.

Enfurruñado se despegó de nuestra demostración de amor y se enderezó para que pudiera desprenderle la camisa con facilidad, pero en cuanto lo vi completo, aquel bulto atrajo mi mirada.

Wow —pensé y levanté mis cejas.

Mi cuerpo comenzó a hiperventilar. Edward lo notó y tocó mi barbilla y levantó mi cara para que le mirase, después su mano se convirtió en sólo su dedo: su índice. Y se deslizó en línea recta desde mi cuello hasta mi sexo. Inhalé profundamente cuando estuvo ahí. Cerré mis ojos para contener el goce y entonces exhalé. Edward me dio un beso tierno y rápido en mis labios y regresó a la tarea que nos había detenido; asió mis manos para ponerlas encima de sus pectorales, pero éstas respondieron inexpertas y temblorosas… dudaron en tocarlo, por miedo a incomodarlo con mi calidez, pero él pareció entenderlo y dejó las suyas sobrepuestas en las mías para que mi seguridad fuera más concisa. Cuando abrí los ojos y vio en mis pupilas la confianza necesaria, quitó sus manos y esperó a que actuara sin mover una solo músculo.

Me pregunté en ese momento si para él nuestra experiencia y los cambios rítmicos de mi pulso no serían una molestia por veces; a lo mejor y este deleite no era totalmente de los dos, como sentía.

La culpa inició a llenar algunos huecos que había propiciado la inseguridad. Hice un sonido sordo y fruncí el seño; Edward debió percibir mi turbación y pronunció lo correcto –como era costumbre en él—.

--No te preocupes –musitó viéndome con esos ojos a los que no se les podía negar nada.

Tomé el aire que necesitaba para barrer con todos esos pensamientos negativos y resbalé mis manos por sus pectorales, en trayecto definido a su cuello. Edward cerró los ojos mientras maniobraba y jadeó de placer al sentirme cerca de sus hombros, levantando su camisa entre mis manos, pues sabía que la gravedad estaba a dos movimientos y cuando estuviera acariciando sus brazos, su pecho quedaría expuesto a mis besos.

Vi en cámara lenta caer la camisa de Edward al piso, y lo verdaderamente sorprendente fue que su delicioso aroma se esparció alrededor de mí, excitándome hasta sentir erizarse mi piel a todo lo ancho y largo de mi cuerpo. Mi respiración se entrecortó. Parecía que todo el mundo se había paralizado; hasta el ruido de las olas se había detenido para presenciar como el amplio silencio que invadía el cuarto se rompía por mi respiración entrecortada y el estrepitoso golpeteo de mi corazón.

Edward me pescó por las caderas y atrajo mi figura a él. Agachó su rostro y rozó suavemente nuestras narices una y otra vez. Ambos cerramos los ojos; mientras él propiciaba ese gesto de amor, yo le atrapé su cara en mis manos y le volví a besar apretujando –o al menos eso intentaba con mi fuerza de humana—sus mejillas a cada descarga de deseo que mi cerebro me enviaba. Mis labios ya estaban hinchados de tanta fricción, pero aún así el bálsamo nunca había sido tan dulce. Indiscutiblemente necesitaba más de él y su boca; mientras tanto sus traviesas manos fueron apoderándose del territorio de mis caderas y mis muslos con aquellas caricias serpenteantes que me había mostrado hasta que se decidieron a conquistar a lo grande y surcaron las barreras de mi blusa, para así navegar en los mares de mi piel desnuda.

Mi espalda se curveó, y no es que su tacto fuera helado –para nada—, no obstante su delicada manera de tocarme me develó que él conocía la justa caricia conque mi piel se alteraba y exigía para explotar en deseo.

Por ello, primero sus dedos delgados se deslizaron debajo de mi sostén y acariciaron mis erguidos pezones con movimientos circulares; eso pareció excitar a Edward, porque su beso se convirtió en una llamarada de fuego. Inmediatamente una punzada de placer se creo en mi estómago y tuve que deshacer el beso que nos estábamos dando y lo atenacé por encima de los hombros, ya que la necesidad de jadear me sobrepasó y el éxtasis me colocó en el borde de mi capacidad para mantenerme tranquila. Mi amado cruzó sus brazos por detrás de mi cintura y recogió un poco de mi blusa en lo que me besaba el costado de mi cuello.

Debido a la emoción que me sobrecalentó el cuerpo Edward actuó, o tal vez lo deseaba tanto como yo, y retiró la blusa que me cubría.

Al tiempo que mi melena volvía a descender a mis hombros desnudos, él desabrochó los ganchos de mi sostén, liberando a mis senos de su guarida y dejándolos expuestos a su mirada ardiente.

Inconscientemente mis brazos se flexionaron y mis manos se entrecruzaron al nivel de mi pecho para lograr proteger a mis senos de su desnudez.

Tiernamente se puso enfrente de mí y volvió a abrazarme para que con su pecho cubriera mis senos. ¿Qué estaría pensando y sintiendo de este furor?

Nuestro contacto me pareció frío en principio, pero la temperatura de mi cuerpo calentó en instantes la muralla. Edward me otorgó un besito en la cima de cada uno de mis hombros; cuando subía a mi mejilla se desvió a mi oreja y susurró las dos palabras sagradas.

--Te amo.

Tenía ganas de morir en ese dulce desliz, ir más allá de este plano y por qué no… Renacer completamente envenenada de su esencia inmortal.

Edward cerró sus ojos y dejó estática su cabeza a la altura de la mía, sólo que a un costado. Dos veces respiró hondo mi aroma y besó mi cuello cuando sació su necesidad; más tarde se incorporó a su posición de estatua.

La noche nos unía por un pacto de redención, de enmiendas al corazón y a los meses de ausencia. Comprendí, entonces, que cuerpo con cuerpo y olvidando respirar, el tiempo me parecería que no bastaría; apreciarlo sería lo correcto. Así que solté mi campo protector y lo estreché a mi pecho.

--También te amo –mascullé.

Edward POV

Siendo sincero conmigo mismo el aroma de su sangre era un martirio para mi ardiente sed, pero el vampiro comenzaba a amarla y a desearla físicamente tanto como le era posible. Ya no quería dañarla; y creo que hasta me incitaba a llenarla más de caricias prohibidas.

Después de tocarle la gran mayoría de su cuerpo el demonio supo, de igual forma, que por ella viviría y que matarla seria el crimen más estúpido que podría hacer dentro de todas las muertes que habíamos propiciado. Así que dejó de insistir en su obsesionante anhelo y ayudó a que este momento fuera de ambos. De él y mío.

--También te amo—respondió con un dulce suspiro y me retiró de mis pensamientos.

Puede que nuestra relación se haya terminado dos años atrás, pero el amor no acabó ahí. La onda de cariño que se transmitió a mi interior lo confirmó.

Sí, pero yo te amo más Mi Vida… ¡Mucho más!

Mis brazos seguían inmóviles alrededor de ella. La captura del ser celestial de ojos marrones era increíblemente exquisita, su roce y su calor me mantenían enamorado de su fragilidad.

El amor es ciego… y tan ciego que ni a los seres del paraíso les permite liberarse de sus sombras.

Bella me veía hermoso, lo sabía por cada una de sus reacciones corporales, pero si ella pudiera observarme con ojos de vampiro, se hubiera dado cuenta que la única persona espectacular en esta habitación era aquella que le latía el corazón.

La batalla iniciaba de nueva cuenta, sus manitas bajaron como gotas de agua al final de mi torso y se paralizaron en ese límite, a pesar de que siguieron masajeando mi espalda.

Su inocencia me dejaba más que complacido. Aún sus caricias eran tan llenas de miedo, que me hizo sentirme más experimentado en el asunto de lo que creía.

Mi mente estaba empapada de sensaciones y de enloquecedoras cargas magnéticas. Su piel era como un imán, no podía dejar de tocarla o besarla, parecía que fuera indispensable para que siguiera latiendo su corazón.

Recorrí con mi nariz su yugular y exhalé mi aliento sobre ella, como queriendo saciar por fragancias algo oscuro… al vampiro. Respiré la combinación de nuestro deseo con su sangre.

Eché una mirada más debajo de su cuello y Bella logró seducir al monstruo con magistral encanto, que ni la quemazón infernal en mi garganta importó; lo tenían hipnotizado sus senos al descubierto y sus pezones rosados en plena excitación. Era difícil no ser tan descarado en mis caricias cuando tanta pasión y deseo ahogaban mi concentración.

Mis manos se escabulleron a apretar sus dos beldades. Bajé con mi nariz a su pecho y chupé y lamí con sumo cuidado sus dos pezones. Olían delicioso, más que mil rosas en primavera juntas. Se estremeció con dicha acción y se tambaleó, pero mis manos la centraron cuando la aprisioné por la cintura y recargó su peso en mis hombros.

Flexioné un poco las rodillas y continué con mi camino, trazado meticulosamente desde el mapa que reflejó el espejo. El aire que mi nariz soltaba le erizaba su piel de una manera muy especial, era como si sus poros fueran a emanar la esencia del amor, pues su aroma fue otro… mucho más afrodisíaco: canela, fresas, rosas rojas, coco… miles de dulces olores. Bella tenía por excelencia el mejor aroma del universo entero cuando estaba a punto de hacer el amor.

Me encontré arrodillado ante la diosa, con mi nariz en el límite de su piel desnuda, mis manos en su cadera y la luz de la luna haciéndola todavía más hermosa. Sus ojos chocolate me veían fijamente, esperando que reaccionara y tomara lo que me pertenecía, entonces atraje su pelvis con un empujoncito y besé lentamente, por encima de su pantalón, a su sexo.

Mi Vida contuvo su respiración y después jadeó por el placer, mis instintos masculinos saltaron de emoción al escucharla. Me separé despacio de ella y mis manos recorrieron la distancia prudente para encontrarse con el botón y el zipper de su jeans. Jalé con extrema delicadeza su prenda lo más abajo que le permitiría su equilibrio y me levanté para cargarla en mis brazos.

En el trayecto a la cama le retiré los botines y el pantalón. Ella se dedicó a llenarme de besos en mi pecho y yo le sonreí por largos minutos vampíricos, para que no se llegase a sentir insegura. Me estaba moviendo el instinto, la necesidad de sentirme dentro de Mi Vida, volver a deleitarme con el palpitar de la vida, ¡qué más da!... deseaba hacer el amor con mi única razón de existir. Con el amanecer… mi amanecer dentro de esta oscura realidad.

Dejé a Bella en la cama y me incorporé; quise quitarme el pantalón café que traía puesto, pero ella se adelanto a mi acción y detuvo mis manos.

--¿Puedo? –preguntó con desconfianza.

Asentí una vez. ¡¿Qué no podrías hacer tú conmigo?! Y con la rapidez que propicia la lujuria en los humanos, me bajó los pantalones de un sólo jalón. Su corazón lo escuchaba como nunca antes, tan fuerte, tan escandaloso, tan misteriosamente resistente a todo lo que llevaba de recorrido.

Sujetó mi torso en sus manos y me trató de tirar a la cama, situación que jamás pasaría mientras ella fuera humana. Así que fabriqué la mentira de que perdía el equilibrio y me caía. Quedé encima de su precioso y delicado cuerpo.

La esencia de Bella se extendió a lo largo de ese espacio, la combinación de su fragancia con la que había percibido unos momentos antes nos enloqueció al demonio y a mí… nos enamoró hasta dejarnos expuestos a este torrente de amor que emano Bella.

Una esfera comenzó a cobijarnos; era una capsula tan invisible y tan pesada a la vez.

La pasión me llenó mis sentidos, Bella me miró con impaciencia y sus manos fueron a tocar mi miembro con un movimiento sexual que me sorprendió en ella; la abracé con un poco más de fuerza que la normal, pues el placer que me proporcionaba con los jaloncitos me hacía excitarme sobremanera.

Necesitaba con urgencia besarla para acallar un poco este caudal de emociones, porque a partir de aquí mis reacciones serían las que ella quisiera.

Bella POV

Nos besamos tanto que mi concepción del tiempo se esfumó y todavía más porque mi locura por Edward se había salido de control.

Veía esta nube como si de verdad flotara y la enfrascara una esfera de luz. Era mi universo privado y Edward era mi sol… de medianoche.

La luz de la luna llena jamás se me olvidaría de ahora en adelante.

Llegó un momento, después de habernos propiciado placer en nuestros sexos, que bruscamente me subí ahorcajada sobre él… y me ensarté en el justo centro del deseo. Le oí gemir suave cuando me adueñé de su alma.

Susurró mi nombre con esa voz aterciopelada y algo en mi interior se movió… además de lo evidente.

Comencé a volar surcando en vaivenes juguetones el cielo, la gloria y el éxtasis. Edward nunca me soltó durante este viaje, ni me dejó de pronunciar lo mucho que me amaba mientras yo subía y bajaba por el paraíso.

Tal vez nuestras almas estaban esperando el tiempo preciso para hacernos llegar el mensaje: “Se pertenecen”. Pero no hay momentos perfectos; se hacen. Das el salto a lo desconocido o te quedas fuera, mirando el túnel, el limbo, la soledad… preguntándote ¿cómo hubiera sido amar?

Ahora lo sabía con claridad.

Mi amado Edward, mi eterno significado del amor, no me iban a dejar sola nunca más y eso me impulsaba a subir más alto y en eso… el infinito.

El nirvana nos alcanzó en un mismo momento, en un mismo espacio; apreté con más fuerza y escuché nuestros gemidos por encima de cualquier ruido y sentí como el cosmos se alineó por fin.

Encima de nosotros la esfera brillo intensamente.

Se retribuyó el tiempo perdido.

1 comentario:

esme cullen dijo...

hola la historia esta genial pero creo ke por esta temporada de diciembre la deverias de publicar todos los dias es solo una sugerencia de una admiradora de esta increible historia..........

Loading...