jueves, 24 de diciembre de 2009

capitulo 20 "RECUERDOS"

**Los personajes e historia son obra y creación única de Stephenie Meyer -ya lo sabemos, gracias, continuen leyendo- la fuente mágica de los deseos es la única culpable de que yo reconstruya una historia alterna. FIN.**

Nota 20: La recomendación de la Musa rockera es Whisper, Almost lover (por mi parte) de A Fine Frenzy y sin duda… la canción medular de este capítulo, Need de Hana Pestle.

¡QUÉ COMIENCE LA MAGIA!



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ANTES DE EMPEZAR AQUI DEJANDOLES EL CAPITULO DE MAÑANA YA QUE COMO ES NAVIDAD PS NO ME DARA TIEMPO JUAJAJAJJAJA YA SABEN ESAS COSAS BUENO ESPERO DISFRUTEN ESTE CAPITULO Y FELIZ NAVIDAD A TODOS!!!!!!!!! DISFRUTENLA Y FELICES FIESTAS!!!

lagrima Pictures, Images and Photos


20. Recuerdos.

“Te espero cuando miremos al cielo de noche:
tu allá, yo aquí, añorando aquellos días
en los que un beso marcó la despedida

[…]

¿Por qué no estoy allí?, te preguntarás,
¿Por qué no he tomado ese bus que me llevaría a ti?
Porque el mundo que llevo aquí no me permite estar allí.
Porque todas las noches me torturo pensando en ti.
¿Por qué no solo me olvido de ti?
¿Por qué no vivo solo así?
¿Por qué no solo… ”

(Espero) Mario Benedetti.

El llanto mojaba mi almohada y parecía no querer tener final, o al menos esta noche.

La anestesia que el dolor infligía a cada nervio de mi cuerpo nos mareó repentinamente muy a pesar de hallarme acostada en la inmensa soledad de mi cama.

Tranquila, tranquila, sólo es por un tiempo, dije para mis adentros.

Mi cabeza se había convertido en un revoltijo de prohibiciones desde que mi don afloró. Los Cullen dijeron que era mejor no jugar a la maga mientras no fuera una completa vampiresa y sí tenían razón, ya que a mi mente le era sumamente complicado decidir cuándo no jugar con la realidad; como ahora, pues a pesar de que consciente me lo impedía, en plena agonía gozar de pequeños lapsos de “alucinación” era insostenible, además que de alguna manera lo necesitaba para no sollozar.

Edward… te extraño, pensé y abracé con cariño mi florecido vientre.

Percibir esta soledad, es decir a Forks, el único lugar del mundo donde todo me lo recordaría nuevamente, me rasgaba el corazón.

¿Qué haríamos durante tres meses sin él? Sin él…

¿Cómo le explicaba a mi pecho que no bramara de dolor, a mi mente que no alucinara su voz? ¡Dios santo! Decirle a mi cuerpo: ¡no lo necesitas!

Era imposible y sobre todo ahora que valía por dos.

Los lazos que nos habían unido ahora parecían estar forzándose para no romperse y quitarnos la vida.

El viento nocturno sopló con una carga de frialdad desgarradora, colándose por la insoportable ventana sin dueño.

Mi cuerpo se estremeció en esta cama pequeña –mi cama—y no sólo por el helado clima, sino porque mis sensaciones y mi mente los conjuraron, tan perfecto, tan casi real.

--Te extraño –musité con apenas un poco de fuerza al falso Edward, y después ahogué el sonido de un imprudente sollozo en el almohadón.

Sabía en estos instantes que se presentaría un retortijón de esos que uno no soporta, de aquellos en los que sientes que un agujero negro te come. Lo sentí venir, mas un movimiento apenas perceptible en mi abdomen bajo me contuvo el desenfreno de mis pesimistas emociones.

Oh… sí, lo siento. Pronto estará con nosotras –cerré mis ojos muy fuertemente y me giré sobre el colchón para respirar el cómodo aire frío que requería mi alma.

Como si hubiera sido el bálsamo perfecto para mis afligimientos, al llenar mis pulmones con hielo vino a mi mente Alaska, con la primera nevada que cayó justo en el momento en que Edward y yo nos reconciliábamos, después de haberme enterado de una que otra sorpresa y haberle escupido todo el rencor guardado durante un año.

Suspiré. Luchar contra esto era una batalla perdida, además creo que mi cuerpo requería de ese recuerdo para dejar de producirme una esquizofrenia gratuita; así que como si fuera a repetir un conocimiento antes de algún examen importante, repasé con apuro: Alaska, Alaska, burbujas, Tanya, Alice, Edward, su cuarto, el sueño, la pelea… La pelea.

Ok, lo admito, llegué a un punto muerto en el que cualquier razonamiento me valió lo mismo que cero, sin embargo la increíble paciencia de Edward y su ilógico amor por mí lo mantuvo ahí, a mi lado, sin importarle lo mal que lo traté.

El recuerdo de la plática era inevitable, para encontrarle alguna razón a mi comportamiento, lo dejé fluir como si lo estuviese viviendo otra vez:

--Tres meses sin saber de ti… ¿Me piensas dejar sola tres meses? Sabes qué… déjame sola; la estúpida humana necesita estar sola.

Le di completamente la espalda y comencé a caminar sin rumbo, queriendo salirme de ese cuerpo, evadirme lo más posible, pero una promesa, hecha el día que nos entregamos a esta verdadera locura asaltó mi tranquilidad y sin premeditarlo y se lo grité, pues supe que me venía siguiendo a pesar de mi petición.

--¡Me lo prometiste! Dijiste que no me volverías a dejar sola… –detuve el paso al que iba en aquel bosque— Es mucho tiempo.

Me giré sobre mis tobillos y le mostré mi rostro empapado de lágrimas, de dolor, también me percaté dónde estaba y de su cara que mostró la tristeza tal cual como la mía; hasta sus preciosos ojos –en ese momento del color del ámbar—no relucían.

--Ponte en mi lugar –rogué—, ya te fuiste una vez y casi me muero por ti. ¿¡Qué no me amas!? ¿No te duele dejarme? ¿Por qué lo haces? –se me quebró la voz y ¡que bueno!, porque él tuvo toda la intención de interrumpirme.

--Bella, discúlpame. Enmendar ese pasado, con acciones que te demuestren que jamás te dejé de amar, me va costar mucho, lo tengo presente, pero si tan sólo pudieras ver que el vampiro a quien amas no es más que una criatura cobarde. Me sobrevaloras, a tal grado que viviste pensando que te había olvidado, siendo que eso es lo único imposible en este mundo para mí.

“Isabella –se acercó precavidamente a mí, saliendo de entre las sombras—, me fui de tu lado por cobardía, porque no vi una alternativa viable, algún camino compatible para tu humanidad con mi universo, no deseaba transformarte, tú lo sabes… aún lo dudo; pero mi egoísmo me ha ganado y anhelo condenarte a la perdición en la que vivimos, por sobre toda mi lógica. Quiero hacerte mía hasta la última parte de tu ser, lo deseo con la fuerza del infierno corriendo por mis venas, mas… –agachó la mirada, buscando en el suelo los sonidos que declararon lo que ya sabía—no es prudente ahora Mi Vida.

--¿¡Por qué!? –Mascullé— Es por ¿mi alma?

--Ni me recuerdes ese tema o nunca lo haré. No, en realidad temo por tu padre y tu madre. Imagínatelos, sufrirían tu ausencia. Ellos se merecen una despedida. Casándonos las situaciones se verán más factibles para ambos. Tú sed no será un problema para la gente que amas y por mi parte estaré feliz de verte plena, sin el menor remordimiento aquejándote hasta el final de los tiempos –finalizó y acarició una de mis mejillas.

--Intenta entenderme Edward, dueles y dolerás hasta matarme –dije trágica—¿Por qué intentas alargar mi agonía?

Edward me abrazó intensamente contra su pecho, sin embargo no funcionó su consuelo, porque al fin y al cabo mi mente lo único que deseó, en ese minuto, era eludirse de su escalofriante realidad. Ya no me fue viable reconocer si había estado enojada, triste o celosa, sólo quería oír de su boca las palabras que salvarían a mi alma de su actual purgatorio, Forks, y que, además éstas no le ofrecerían dentro de setenta y dos horas una depresión masiva. Pero no llegaron y tuve que decirle una verdad inminente:

--No creo poder sobrevivir esta vez… Y tengo miedo –enuncié quedo.

--Lo harás –contestó muy seguro de sí mismo y con su pómulo acarició mi cabeza—, no me cabe la menor duda de eso, tú eres capaz de salir avante aun con la soledad, yo por el contrario…

Detuvo abruptamente su argumento, en un suspenso que más bien pareció un preámbulo para la declaración de su existencia. A qué se refería con esas palabras, su silencio repentino me dio ideas y percepciones que me hicieron temblar más que por la ventisca.

--Tienes frío, deja que te cubra con mi chamarra –deshizo el abrazo e inmediatamente tuve encima la prenda blanca con el exquisito aroma de Edward, envolviéndome.

--Te agradezco la atención, pero no creerás que me voy a quedar tranquila ¿o si? Termina de explicarme ¿por que tú no eres bueno lidiando con la soledad?

--A veces quisiera que no fueras tan curiosa. Hay verdades que es mejor no conocer.

--Bueno… pues déjame ser yo quién decida eso y por lo que respecta a ésta, la necesito.

--En realidad ya lo sabes, sólo que tu memoria no ha atado cabos –lo miré con extrañeza, a tal grado que percibió mi ingenuidad—No te has preguntado ¿por qué me uní a los Vulturis?

Me confundió. Según recordé, la llamada que recibí de Alice, la última vez que supe algo de los Cullen, me había avisado que él estaba de viaje, y entretanto bien pudo haberse topado con ellos y “distraerse”. Aunque…

--¿Recuerdas lo último que te platique de ellos?

Lo miré buscando en sus ojos la respuesta y realmente funcionó, pues mi mente había guardado ese momento como el más preciado tesoro desde que me abandonó, ya que era el posterior a la gran tragedia: “La fiesta”.

Mi memoria atrajo una por una las palabras, la conversación entera de esa última tarde en que estuvimos felices: Romeo, el brebaje, el suicidio, la muerte… Los Vulturis. ¡Por todos los cielos!, pensé y una punzada de angustia pellizcó mi estómago, cual si fuera una epifanía, develando aquello por lo cual Edward había ido a Italia.

--No –musité alarmada—, no lo creo. Dime que no es cierto –exigí y esperé a que me contradijera—, dime que no fuiste con los Vulturis a buscar tu muerte…

Lo observé detenidamente y su expresión no desmintió ni una sola de mis deducciones. Sin razón ni juicio mi voz comenzó un caótico reclamo.

--¡¿Qué te sucede?! ¡No he muerto! Si me amabas ¿porqué no regresaste a Forks en vez de ir a Italia? Y lo que es aún peor, ¿por qué entonces quieres volver con los Vulturis? Espera un momento… ¡Por eso mi sueño! ¡Maldición Edward!, ¿vas a ir a que te asesinen? –se me entrecortó la voz con la simple remembranza de la espeluznante pesadilla.

--Bella no voy a ir a que me maten, no después de lo que hemos pasado. Si vuelvo allá es para deshacer el trato con ellos. Y sí, ¡Sí regresé a Forks! –exclamó sobresaltado.

--¿Perdón?, ¿cuándo regresaste y por qué no me buscaste? –pregunté con la molestia en mis adentros.

--¡Claro que lo hice!—contestó ipso facto— Y gracias a eso, te vi con él. ¿¡Qué se supone que debía hacer?! Te veías feliz –soltó el abrazo y me dio la espalda al terminar de decir esto—Lo estabas besando… en tu cuarto. Y ni siquiera podrás darte una idea de qué pensaba él en ese momento.

Las noticias tan escabrosas que mi cabeza decodificó, instantáneamente, me ocasionaron sentirme mal, muy mal, un mareo descomunal me embriagó mis sentidos y sólo percibí como mis ojos dejaban de transmitirme imágenes claras y el horizonte se transformó en oscuridad.

Lo siguiente que capté fue la calidez y el confort de una cama y la melodiosa voz de mi próxima cuñada, Alice. Si en ese lapso de tiempo hubiera sabido lo que me esperaba quizá hubiera despertado con antelación.

--¿Bella?

--Alice, ¿qué pasó? –cuestioné más confundida que nunca antes en mi vida.

--Te desmayaste. El pobre de Edward ha estado tan mortificado. Deberías de haberlo visto para que no cometas la tontería de desconfiar de él. Ese tonto te ama más que a su propia existencia –pareció decirlo en tono de broma, pero era tan cierta su afirmación que llevó a mi cerebro a concientizar porqué me desmayé.

--Está bien Alice, tú ganas; por cierto ¿dónde está? –dije con dificultad, pues todavía no me sentía apta para llevar acabo movimientos muy bruscos con mi cabeza y al parecer en el cuarto no estaba.

--En este momento fue junto con Jasper a conseguirte unos medicamentos que Carlisle te ha recetado. Pero son unos ilusos, sobre todo Carlisle; lo que tienes con unas vitaminas no se te va a quitar –masculló misteriosa.

--¿Tan mal estoy?

Se rió con su sonido inigualable a campanitas de viento.

--No Bella, estás bien. Te tengo un secreto, que deberás guardar celosamente si no deseas que las cosas se pongan feas; tu futuro esposo puede ponerse insoportable si llega a enterarse, tú sabes… él tiene un instinto muy sobreprotector contigo. No lo va a entender, de eso estoy segura, mas yo te aseguro que podrás resistir. Yo te voy a ayudar –dijo convencida de aquello que no me revelaba.

--Te lo juro si es necesario, pero ya dime que me estás poniendo muy nerviosa.

--Bella –se acercó a mí con sumo cuidado, por veces se me olvidaba que ella también era una vampiresa— me harás tía. Estás embarazada… ¡Felicidades! –susurró exageradamente alegre.



¿Embarazada? O mi locura se había extendido a lo largo de la residencia de los Cullen o Alice estaba diciendo algo totalmente incoherente, ¿cómo se suponía que me había embarazado de alguien como su hermano? De un ser que no vivía. A menos que… Jacob.

--Imposible –dije antes de que mi cabeza me susurrará lo que no quería oír.

--No, ya lo vi –se tocó con su índice su frente—Es una bebé hermosa, muy hermosa.

Por si fuera poco, hasta el ultrasonido ahorró… no sólo me impresionó con lo del embarazo sino con el sexo del bebé.

--Alice no quiero destruir tus ilusiones –iba a continuar, explicándole que Jacob podría ser el padre, mas ella me ganó la palabra.

--¡Calla!, ni lo menciones en mi presencia, lo odio tanto como Edward. Además, no dudes de mí, te aseguro que esa linda niña es de Edward, tiene su cara y tus enormes ojos achocolatados.

--Ok… Alice ¿te sientes bien? –pregunté ansiosa, quizá le había transmitido una locura sin querer.

--Ay Bella, sí, me siento genial. Yo tampoco podía entenderlo cuando lo vi, es… prácticamente imposible, como tú nombraste, pero si lo reflexionamos con detenimiento: tú eres humana todavía, idónea para engendrar seres vivientes, lo que nosotras ya no. ¿Comprendes las posibilidades? Es maravilloso. Y yo seré su tía.

Moví mi cabeza de un lado a otro, la idea me pareció tan descabellada.

--Te prometo investigar esto, porque obviamente nuestra pequeña –tocó mi vientre con familiaridad en lo que yo reaccioné a la noticia—será un caso sin igual y hay que estar preparadas. Oh no… –canturreó quedo—Ya vienen, recuerda, ni una palabra. Bendita sea tu mente: tan muda, tan silenciosa para el metiche de mi hermano –dijo sonriéndome y a la vez acercándome una bata para que pudiera levantarme abrigada de la cama—Bella quita esa cara o nuestro secreto se vendrá abajo, confía en mí, todo va a salir bien.

Me guiñó uno de sus preciosos ojos y después comenzó a relatarme lo que pasaría en los días que Edward no estuviera. Por lo que narró, ella y Jasper vendrían a Forks para apoyarme en lo que fuera que estaba “creciendo”. ¿¡Cómo era posible!?

Efectivamente, a los pocos minutos llegó Edward con Jasper y una bolsa con medicamentos, que no fueron otra cosa que vitaminas.

Alice y su esposo nos dejaron solos una vez que Edward se acercó a mí. Recuerdo que mi mente estaba volando en el imaginario de la preciosa nena que Alice me había descrito, su carita angelical idéntica a la de Edward, sus ojos café, su piel, etc. Jamás había concebido la idea de ser madre a mis diecinueve años, sin embargo una vez que el destino nos alcanza la perspectiva de las situaciones no parece ser tan grave y por ende ese día tuve que afrontar que mi destino irremediablemente se había unido al de Edward, de forma inexplicable, como todo entre él y yo.

La esperanza que tanto buscaba, de la voz de mi amado, se concretaba en algo especial y con lo cual no podría sentirme sola: nuestra futura hija. Me acuerdo lo feliz que me hizo ese sentimiento, pues Edward sonrió de una manera anormalmente peculiar y me miró como la noche en que hicimos el amor.

--¿A qué debemos este sentimiento tan bonito? ¿Me perdonaste? —preguntó inocente.

--Casi –me hice la indignada—Aún te echo la culpa de algunas de mis desgracias.

--Isabella, perdóname por todo lo que te hice sufrir—dijo afligido; pobre se había tomado enserio mi actitud—. Soy un monstruo y de antemano sé que no merezco que me ames, pero no puedo existir sin ti. Créeme: no puedo.

--Edward no te recrimino tu comportamiento suicida. De haber sido yo, quien te hubiera visto en brazos de otra, “feliz” –aclaré la intención para que supiera que siempre lo estuve extrañando—, no sé que acciones tomaría, si con la simple presencia de Tanya me vuelvo loca –ironicé y él sólo rodó los ojos—Es verdad, me encelo de ella, no me gusta que se te acerque.

--Bella, no temas de nadie. Soy tuyo –dijo tierno, pero tremendamente convencido y después me besó la mejilla.

Como fue de esperarse me sonrojé a escalas mayores. Mi corazón se alteró dando tumbos. En ese segundo puso su oreja en mi pecho y se congeló en ese lugar hasta que mis latidos se normalizaron. Si a él le sorprendía esa reacción, a mí me sorprendía más cómo le encantaba deleitarse con cosas tan insignificantes como el bombeo vergonzoso de mi tonto corazón. Para zafarme de la pena, le cuestioné algo que era para mí una prioridad.

--Y ¿cómo estás tan seguro de que los Vulturis no se opondrán a tu cambio de planes?

--Porque eso es mi decisión –retiró su rostro de mi pecho y me observó para analizar mis gestos—. Ellos no tienen razones para desear matarme. El único motivo que me retiene tres meses en Italia es para pasar inadvertido mi cambio de parecer. Necesito protegerte a como de lugar.

Giró su cabeza en dirección al ventanal de su recamara como si algo sucediese, respiró hondo sin importarle mi cercanía y sin esperar más me anunció que había empezado a nevar. Tomó mi mano con la suya y me jaló hasta allá. Nos acercamos al cristal, retirando las cortinas que lo cubrían y miramos maravillados caer los copos de nieve sobre el verde preponderante de aquel sitio. Al poco rato todo estaba cubierto de una manta blanca, tan reluciente como el mismo Edward, tan precioso el paisaje como su cara.

No sé qué pudo existir entre esa visión y el sagrado beso que le siguió, pues sólo recuerdo por los impulsos y la memoria de mi cuerpo su gélida mano tocando mi barbilla y ladeando mi rostro para que mis labios le quedaran justos al mágico beso que selló nuestra reconciliación.

Dulce en principio, lento como siempre, pero tan perfecto que lo catalogaría como el mejor beso que nos hallamos dado.

Te extraño tanto, volví a pensar mientras una lágrima se deslizó por mi pómulo.

Regresa al recuerdo, exigió mi corazón.

Esa tarde nos la pasamos conversando sin parar, de todos los planes que haríamos una vez que estuviese en América, de entre ellos el asombroso “regalo” de la aceptación a Darthmount, con la colegiatura pagada para dos personas –demasiado inteligente su jugada, para ser verdad—, sin embargo le debatí mi inmortalidad, pequeño detalle cuando hay que lidiar con humanos siendo una neófita, además jamás aceptaría que gastara su dinero en mí. Él propuso que podíamos ir a la Universidad este próximo ciclo si yo lo deseaba.

--Lo único que pretendo es que seas muy feliz a mi lado, siendo humana o no –dijo cerrando el tema de la Universidad—Iremos de cualquier forma, sea este año o la próxima década.

Genial, ni él ni yo nos daríamos tan fácil por vencidos en temas como ése. Lo mejor que pude hacer fue darle por su lado.

Más tarde, después de una convivencia con su familia, y frente a una chimenea que adornaba tan majestuosamente la estancia de la enorme casa, le confesé las peculiaridades que me sucedieron en su ausencia, para ser más específica: el sonido de su voz cuando me ponía en peligro; de todos modos, eso era un antecedente para mi actual don, ¿no?, y nadie mejor que él –y seis vampiros con agudísimos oídos—para conocer lo extraño que trabajaba mi mente desde que se fueron.

--Eso no es verdad, no te creo que hicieras esas cosas –dijo sarcástico.

--Si no me crees, pregúntale a tu hermana Alice –me miró con ojos incrédulos—. Verdad que salté de un acantilado Alice –dije como si estuviera a mi lado y en tres segundos su voz resonó desde el primer piso.

--Emmmm… sí, pero querida Bella…

--¿Sí, Alice? Entonces, será mejor que te materialices en este instante aquí –dijo Edward y me abrazó para que no pudiera escapar del regaño que nos iba a otorgar.

Cuando Alice llegó a mi lado Edward inició un sermón, para las dos, que parecía provenir de la mente de mi padre. En ese momento entendí por qué la pequeña Alice quería que guardáramos como secreto mi extravagante embarazo, y ahora que lo podía pensar con más claridad: esa duendecilla seguramente dejó que pasara la reprimenda para que me diera cuenta lo neurótico que era mi… mi futuro…. Esposo.

Todos en esa familia pecaban de seres omnipotentes, con sus extraordinarios dones; eran unos verdaderos maestros del engaño cuando deseaban lograr algo.

¿Yo llegaría a ser como ellos? Ojalá y sí.

Para finalizar aquel extraño día, la hermosa voz de Edward, cerca de mi oído, tarareó mi canción en medio de la oscuridad de la madrugada, llenando mi corazón de estrellas relucientes y ocasionando la primera sensación de vida en mi vientre, un movimiento muy leve,, pero significativo y que sólo yo percibí, como si la nueva bebé respondiera al cariño que su padre me transmitía.

--¿Me abrazarías durante lo que resta de la noche? –pregunté con tono infantil.

--Te abrazaría por el resto de la eternidad si me lo pidieras –susurró enigmáticamente atrayente.

Alcancé sus labios y lo besé hasta que mi cansancio me venció. Era tan mágico estar en sus brazos que aquella noche mis sueños se convirtieron en mundos ideales.

El viernes me desperté muy tarde, tan tarde que ciertamente se le llamaba “tarde” a esa hora del día.

Alice tuvo preparada mi comida en cuanto supo que me disponía a ir con Edward a comer, pues me desperté con hambre voraz. Ese plato contenía la mitad de la tabla nutrimental, pero aún así me lo comí completo y sin rastro de migaja alguna; sin embargo, a la hora fui a vomitar la mitad de lo que había ingerido.

Durante todo el viernes nos pasamos las horas conviviendo con Esme y Carlisle en el salón donde estaba el precioso piano que Esme le tenía a Edward, como en la casa de Forks; después con Alice y Jasper salimos a que me enseñaran el precioso centro de Denali, donde por obviedad llevaron a cenar a la humana. Una vez más mi amiga vampiresa eligió, sin que Edward lo percatara, mi comida.

No lo niego, ni aún ahora, era terriblemente delicioso lo que pidió para mí y recuerdo haberlo degustado plácidamente hasta que llegué a ese pedazo de pollo maldito que me revolvió el estómago.

Sin poder aguantarlo más ahí adentro y con una actuación que debió de haberse ganado El Óscar, ya que ni Edward sintió mis emociones vertiginosas, pedí permiso para ir al sanitario y en cuanto estuve dentro regresé aquel festín que en el escusado pareció ser algo asqueroso y maloliente.

--¿Bella dónde estás? –era Alice.

--Acá –contesté extenuada por el esfuerzo.

Limpié el escusado y salí directo a los lavabos a mojarme con agua las veces que más pude mi rostro, me sentía sucia y con un aliento repulsivo.

--Ay Bella –canturreó desilusionada.

Tomó una de las toallas destinadas para los clientes y comenzó a escribir, con un lápiz delineador que sacó de su bolsa, una nota:

"No digas nada, NADA. Ya hallaré la forma en que te alimentes".

--De acuerdo, pero dame un dulce o una menta –negocié y como era de esperarse ya la traía preparada y lista para ser introducida en mi boca—Trato hecho.

Salimos del sanitario y fuimos a fingirles que me había quedado encerrada dentro del baño, muy a mi estilo, o al menos eso espero, ya que Edward no mostró cara de haberse creído ni una sola palabra.

En cuanto llegamos a la casa de los Cullen, mi cuerpo no resistió, por mucho que me esforcé por mantener los ojos bien abiertos y disfrutar la compañía de Edward, y me terminé durmiendo sin percatarme de nada más que cuando me llevaba en brazos a su habitación mi eterno significado del amor.

--Edward, te amo –le dije entresueños mientras me quitó de mis pies los botines y arropó cual si fuera una niña.

--Yo también te amo. Duérmete, Mi Vida –finalizó y me besó la frente.

No sé cuánto pensara en mi Edward durante las noches en que yo dormía o qué hacía para entretenerse, siempre ha sido un verdadero enigma para mí, mas esa madrugada tuvo en que distraerse, ya que la quisquillosa y antojadiza humana le encargó la rara tarea de preparar unos huevos revueltos.

Recuerdo como me desperté de tajo y con una ansiedad de comer ese alimento, que tan fue así de fuerte que me quitó toda la calma de mi sueño.

Huevos fritos, eso quería y nada más.

Afortunadamente, la despensa de emergencia de los Cullen tuvo los suficientes huevos para saciar mi antojo, o mejor dicho el antojo de la hija de Edward.

--Te quedaron riquísimos Edward. Me saben a gloria. Creo que por fin encontré la comida perfecta –comenté muy rápido para poder meterme otro bocado.

--¿Perfecta? Sólo son huevos Bella –musitó extrañado de mi reacción— ¿Estás bien?

--Oh sí, no te asustes –solté el tenedor y me paré de la mesa para irlo a abrazar por su espalda—Eres maravilloso, no sólo eres cortés y acomedido sino que cocinas mejor que mi madre, con gusto me… –acallé el siguiente verbo maligno.

--¿Te? Te casarás conmigo, ibas a decir –sonrió travieso y después me tomó por los brazos para ponerme frente a él—Si con unos huevos consigo tu buen humor tendremos la cocina a un lado de nuestra recamara, para esas noches en que me dices: “Lárgate con tus hermanos” –imitó mi voz con maestría, bueno con todo y el tono iracundo de hace dos noches atrás.

--Este… sí… buena idea –dije y me puse tan colorada que me acaloré en plena temperatura bajo cero que existía en Alaska-- ¿Me perdonas? No volveré hablarte así.

--Perdonada por el tono de voz.

Suspiré e hice un puchero.

--Ok, perdón por las escenas de celos que te he hecho pasar… pero es que Tanya es muy astuta y toma ventaja de cualquier cosa. Me pone muy insegura.

--Yo no te he dado motivos para desconfiar de mí, ni siquiera la volteo a ver; además, ¿cómo sabes que es astuta? Apenas has cruzado dos veces la palabra con ella.

--No lo sé. Lo intuyo.

--Bastante perceptiva, mas quítate de la cabeza el que ella quiera de mí algo sentimental, te lo juro.

--Lo sé. Sigue deprimida, lo transmiten sus ojos.

--Observadora como siempre –dijo con una mirada descomunalmente sensual—Pero tontamente celosa.

--Sí –respondí embelesada.

--¿No quieres ir a recostarte otra vez? –cuestionó con toda la doble intensión en la pregunta.

Mi corazón se volvió loco de euforia y no pude apartar mis ojos de él, ya que en mi cabeza imaginé su cuerpo sobre el mío, el roce de sus perfectos y definidos músculos en mi piel y sus besos regados a lo largo y ancho de mi cuerpo. Lo deseé tanto que mis emociones hablaron por sí solas.

Sigilosamente nos dirigimos a su cuarto y en el momento en que cerró su puerta, se escuchó la voz de Jasper diciendo: “Sería bueno ir a cazar algo en familia, ¡AHORA!”. Ése era el aviso de huida para ellos y sus sensibles sentidos vampíricos y para nosotros el mensaje de que esperáramos un poco.

Edward curvó sus labios en favor de una sonrisa, pues ciertamente estuvo escuchando los pensamientos de sus hermanos y “padres”.

--¿Te parece divertido que sepan que vamos a tener sexo Edward? Porque a mí no –entrecrucé los brazos.

--No es eso Bella. Es algo que escuché en la mente de Esme.

--A si… ¿qué dijo Esme? –traté de decirlo tranquila, sin embargo me asusté con tantas posibilidades, al fin ella era como “su madre”.

--Literalmente: “Te regalaré una casa, pero no destroces nada”.

--¿Destrozar?

--Somos vampiros y nuestros impulsos son muy fuertes, te lo expliqué en el hotel.

--Pero ¿tanto como destrozar? Pues ¿qué les gusta el sexo sádico? –pregunté atemorizada por la respuesta.

Se rió hasta doblarse del esfuerzo; quizá mi miedo le causó dicha jocosidad.

--No Mi Cielo, no es eso. ¡Qué ocurrente! –Dijo más apaciguado y se irguió—Es sólo que las historias de los Cullen han sido un frenesí, por llamarlo cortésmente.

--Edward, ¿no me mientes? No es que esté dispuesta a sufrir, o hacerte sufrir, pero sé tan poco de esto y en lo que respecta a las preferencias de un… Cullen, me encuentro todavía peor –comenté tan nerviosa que casi pronunciaba la palabra “vampiro” en voz alta.

--Bella olvida lo del sadismo, es una deducción bastante errónea. Si no me crees, piensa que ya tendrás oportunidad de comprobarlo por ti misma una vez convertida.

--Lo siento, es mi miedo el que habla, el no poder satisfacer todas tus necesidades me intranquiliza. Esta humanidad me hace débil en muchos aspectos, ni siquiera sé si gozas tanto como yo al estar entre tus brazos.

--¿Eso es lo que te preocupa? –preguntó incrédulo.

--Sí –afirmé haciendo un gesto de obviedad.

--Bella tonta, disfruto mucho más que tú. No dejes que eso te perturbe. Tu forma de hacer el amor es increíble, pareces un ángel surcando los cielos—suspiró.

--Entonces, no perdamos más el tiempo y surquemos el universo juntos.

De repente, resopló el viento e hizo que las cortinas se levantaran y mis imágenes se esfumaran. La caricia de la brizna helada que se coló de allá afuera me sacó de mi momento mágico y la inanición del sentimiento me arañó mi pecho cual si fueran garras de gato.

Lloré sin remedio alguno. Fruto de mi descontrol me faltó aire dentro de mis pulmones, por lo que respiré, sollocé e inhalé con esfuerzo descomunal. Lo más ingrato era que ésta sería la primera de noventa noches sin él.

Te extraño. ¡TE EXTRAÑO EDWARD!, pensé y me cubrí mi cara con una almohada para que Charlie no se despertara por mi llanto.

Me sobresalté de un momento a otro porque el celular, que compensó Edward por el que hizo añicos, comenzó a vibrar en el peor minuto de mi depresión. Era un mensaje de texto de Alice.

“Edward llegó bien

a Italia. NO LLORES

BELLA. Piensa en

la bebé. Mañana

estaremos contigo”.

Revisé la hora y el móvil marcaba las tres de la madrugada. Justo doce horas después de habernos dicho: adiós...

Miré al frente de mi cama, directo al escritorio, y vi su chamarra, colgando de la silla, con la carta que posiblemente mañana leería y con la cual me derretiría o me entristecería todavía más.

Recordé perfecto la despedida al introducir las imágenes de la cazadora y la carta en mi mente. Guardé segundo a segundo intencionalmente en mis recuerdos y estaba dispuesta a reproducirla antes de otro ataque al corazón afectará mi respiración:

El medio día en Forks, como siempre: nublado, así que en cuanto bajamos del avión, en el aeropuerto de este pueblo, nos dirigimos en el Porshe de Alice y mi motocicleta a un pedazo de la carretera 101, en dirección al sur, tratando de alejarnos de la civilización y hallar con eso la intimidad perfecta, ese pedazo de cielo dentro el ardiente infierno que nos esperó a ambos durante una semana, en nuestros pausados destinos.

Bajamos de nuestros vehículos y nos abrazamos en cuanto estuvimos de frente. Ese lazo invisible que unió nuestras emociones, estos intensos días, se tensaba conforme nos separamos para ver nuestras caras.

El gélido viento nos golpeó; en mi espalda sentí como las ráfagas de aire vinieron cargadas de furia, de rabia proveniente de las costas aledañas y de las montañas que las colaban por entre sus senderos; dicha combinación me dio la impresión que la naturaleza ambicionaba separarme lo antes posible de él, arrastrándolo con sus borrascas al otro lado del mundo, arrebatándomelo ahora que más lo necesitaba… pero lo peor es que ni siquiera podía ser lo suficiente madura como para comprender que se tenía que ir.

¿¡Cómo entenderlo!?... Otra vez… En septiembre…

En mi interior se movió lentamente aquella pequeña semilla, que me recordó: que él aún estaría conmigo. Me dieron unas inmensas ganas de soltarme a llorar, sin embargo mi cara se halló petrificada, mi mirada perdida en mis insignificantes botas y mis manos aferrándose a las bolsas del pantalón con una agresividad inconcebible.

Fue tan fácil ensimismarme en mis pensamientos con la carretera tan desolada. Ni un solo ruido, más que el del viento que traía a las almas mudas y a la esencia dormida del infierno de Forks… querían escuchar como vilipendiaba, contradictoriamente, a la misma autopista que maldije días atrás por acercarme a él.

Como para atraerme a nuestra cruda realidad, tomó mi rostro entre sus frías manos y se acercó tiernamente a mí. Lo vi cual si fuera un lucero cruzando el cielo nocturno: hermoso, increíble y deslumbrante. ¡Dios! No te vayas Edward… grité tan fuerte como pude para mis adentros; ya veía como una premonición cuánto extrañaría su delicado y frío tacto, su aterciopelada voz al despertar, su dulce mirada en la oscuridad y su exquisita fregancia al inhalar, ¡Ay, no!, ¿¡cómo se supone que respiraré sin ti!?, pensé en ese segundo. La desesperación inundó mi cuerpo y sólo por el hecho de que tirité, por el fresco clima, fue que no se obstruyeron momentáneamente mis pulmones.

Con trabajos, pero consciente de lo que produciría esa mala acción, jalé aire; ahora más que nunca debía aferrarme a seguir viva.

Automáticamente, para sanar ese sufrimiento, me colé entre esa mágica galaxia que fueron sus ojos; que fácil perderse ahí. Por minutos mi interior se llenó de la miel que derramaron sus pupilas ámbar. Contuve el aliento para guardar en mi memoria ese instante, encapsular la maravilla –para minutos tan horrendos como los que vivía en esta noche—. Anhelé no dejarlo marchar, no al menos en mi interior

Respiré desganada y apesadumbrada… una idea angustiante penetró mi mente, al sentir que la despedida se acercó… resonó como si tuviera millones de megahertz:

Quédate conmigo... ¿No te das cuenta que no estoy lista para decirte adiós Edward?

La nostalgia atenazó mi garganta y vistió de un raro manto acuoso mis pupilas. En un segundo tuve que agachar la mirada y tensar la mandíbula para socavar esa emoción discordante a la imagen que había planificado, se llevara de mí Edward.

La expresión de Edward pareció turbarse tanto como la mía al percibir mis reacciones. Acaso ¿pudo sentir el dolor que mi cuerpo emanó? No, no lo creo, eso jamás lo sentiría alguien más en el universo entero… jamás; lo sabía en el fondo de mi alma, porque nadie iba a amar tanto como yo lo había hecho en esos últimos cinco días… Ni siquiera él, ni aún con toda su experiencia, ni sus incomparables sentidos sobrehumanos.

Este amor desesperado calaba en el pecho como la misma ventisca de esa carretera y ensombrecía como el cielo grisáceo a mi corazón.

Edward NO TE VAYAS, por favor, ¡no nos dejes solas! –Supliqué hasta el cansancio de mis pensamientos—Escúchame: ¡te necesitamos!… No soy tan fuerte. No te vayas.

No pude contenerlo más, ¿¡cómo se supone que debería de controlarse tanta melancolía!? Fue inevitable, imposible, absurdo, ¡vaya! Él era el amor de mi vida, el único ser que adoraba.

Si las circunstancias no resultaban, en Italia, conforme al plan, no sólo me quedaría sin el motor de mi corazón sino que también sin el padre mi hija.

No, no, no, eso no… Por Dios, por quien creas… Por favor: ¡REGRESA!

Comenzó a brotar de mis ojos, desde ahí, el río imparable de lágrimas, ¡Maldición!, pataleé tal cual si fuera una niña por la frustración y descompuse la perfecta prisión que sus manos habían moldeado para mi cara. Sollocé sin poderlo detener y mi cuerpo, en reacción inmediata, se tambaleó. Perdía mi equilibrio natural: él.

Su adiós estuvo desbaratándome poco a poco toda la mañana del domingo.

Agresivamente, como nunca antes, me estrechó contra su pecho y me alzó del suelo.

--Regresaré, te lo juro –dijo respondiendo a mis súplicas con un tono de voz entrecortada.

Me soltó de su abrazo y sacó, de su chamarra, un papel que acercó a mis manos escondidamente. No lo pude ver de momento, pues nuestros dedos la cubrían y además Edward comenzó a hablar:

--Toma esto –apretó un poco nuestras manos para enfatizar—Hoy en la madrugada, mientras dormías, la escribí… Supuse que nos pasaría esta situación… ya sabes: tu indiscutible temor a externar tus emociones y el egoísmo que suelo tener hacia lo que pienso y siento –sonrió de manera perecedera; ambos nos moríamos ahí a pesar de las máscaras—Espero haber sido explícito y claro –comentó apenado y besó mi frente en un rápido gesto, para esconder su debilidad—Te amo, no lo olvides.

--¡Te extrañaré! –Grité, no pude aguantarlo— Ya te extraño… –bajé inmediatamente la voz, por la pena al observar su desconcierto enmarcado en su cara.

--No sufras Bella. No lo valgo –frunció el ceño como reflejo de su descontento por mi expresión de angustia. ¿¡Cómo se atrevió a decir que no lo valía!? Necesitó verme en este instante y en los próximos noventa días para no haber pronunciado semejante tontería.

--Edward, ¿cómo puedes ser tan fuerte? yo me estoy desbaratando, ¿no te das cuenta? ¡Te necesi… –tamos ¡Oh por Dios! estaba apunto de sacarlo, lo tenía en la punta de la lengua, ¿lo hago? Dude dos segundos… no, mejor no. Recordé las palabras de Alice y me dieron la fuerza exacta para callar el secreto— to!

--Yo también te necesito y no concibes cuánto Bella, si supieras que tengo la impresión de estar cayendo en este instante en un abismo. Alejarme de ti duele, te lo aseguro, pero sé que ésta es la mejor manera de protegerte. Por cierto –dijo e interrumpió su idea para quitarse su chamarra y ponérmela por encima de mis hombros; mi cuerpo no lograba engañarlo: tuve mucho frío

--Gracias.

--Agradécemelo de otra manera: Prométeme que te cuidaras en mi ausencia.

Me miró penetrantemente y con eso tuve para saber a quien se estaba refiriendo. Sinceramente se me hizo estúpido, así que lo callé con un beso. Un cálido y apasionado beso, un beso que no olvidara en estos tres meses: un beso del alma.

Se resbaló su chamarra de mi cuerpo y nuestras miradas se conectaron sorpresivamente, así que decidí hacer uso –como pudiera— de mi don para crear el ambiente deseado, uno que no fuera este entristecedor paisaje. No me importó si tomaba desprevenido al vampiro, no me importó morir en ese momento, no si iba a ser en sus brazos, al fin, todo sería mil veces más placentero que haber sentido en menos de diez minutos la terrible soledad.

Nunca había dado un beso con significado de “adiós”, por lo cual me supo intensamente a melancolía en cada movimiento sabía a desesperación, sin embargo forcé a mis emociones y a mi mente a crear la alucinación de estar en aquella habitación que nos dio la vida a Edward y a mí, con todo y la luna llena, el olor a mar proveniente de Kalaloch y la preciosa nube que brindó el milagro de la creación, porque ahí había sido, lo intuía... lo sabía a ciencia cierta.

Cuando yo misma vi mi alucinación hacerse presente, me relajé y él sólo soltó una risa por lo bajo, mientras me respondió el beso. Cuidé con mucho esmero la imagen que proyectaba mi mente, detalles y sensaciones… todo lo que yo deseé que Edward supiera de mi mente, de mis pensamientos de aquella noche. Supongo que empezó a leer en el ambiente mis códigos, pues se separó para dar un vistazo veloz a esa pretensión.

--¡Es increíble! –Volteaba de un lado a otro su cabeza con unos ojos felices y maravillado—Parece tan real.

Me alegró verlo contento y disfrutando de mi memoria. No sé si fue por forzar a mi cuerpo o por la debilidad que me causaba el embarazo, pero me encontré mareada. Parpadeé de un minuto a otro sin que lo notase, al menos no con tanta exageración, sin embargo mi fuerza no resistió semejantes demostraciones y menos siendo la primera consciente, ¡vaya! era muy inexperta con mucha suerte. Obviamente Edward se asustó mucho cuando mi equilibrio se vio mermado por la desaparición repentina de la alucinación.

--¡Bella! –Exclamó y me asió por la cintura, al instante procuré zafarme, no debía, por ningún motivo, permitir que tocara mi pequeño vientre que hoy había amanecido extrañamente abultado— ¿Cómo te sientes? –dijo realmente alarmado.

--No pasa nada Edward… cálmate… esto de ser medio humana no me ayuda cuando quiero sacar mi lado vampiro –me reí torpemente después de la declaración.

--No le encuentro lo divertido, Bella –dijo molesto y, cuando recuperé la postura tradicional, tomó mi barbilla con una de sus manos y en seguida me miró acusatoriamente—. Promete, también, no utilizar tu don en mi ausencia –desvié la mirada hacia la carretera—. No le estoy hablando al aire… Voltea… Bella ya te lo explicamos todos los de mi familia; compréndeme, no quiero que te ocurra nada –torcí el gesto y lo vi otra vez; tenía razón, me intentaba proteger por todos los medios—Prométemelo.

--No. Lo siento, pero ahora que lo sé, es lo único con lo que podré sobrevivir. Además, a nadie le haré daño con mis alucinaciones personales… anhelaré verte, oírte, sentirte y si tengo el poder de contrarrestarlo… Entiéndeme tú a mí: Me harás falta… mucha falta.

Otorgó el beneplácito del silencio y respiró hondamente para después observar el cielo vespertino. Sus ojos, perfectamente ámbar, se cerraron de repente y en el momento en que los abrió, su expresión denotó dolor; el tiempo de despedirnos llegó sin notarlo.

--Está bien, no digas nada… Sólo déjame ser yo la que te abandone esta ocasión –susurré—. Quiero ser yo la que desaparezca. Sentir el vacío de la despedida no es algo con lo que yo sea buena lidiando.

Bufó y se inclinó para darme un beso tenue en mis labios. Mi corazón retumbó como loco.

--Adiós… Mi Vida –musitó al separase de mis labios.

Fueron un bisturí sus palabras y los sonidos las incisiones que cortaron e hicieron sangrar a mi adolorido corazón.

Un adiós simple. Una despedida limpia.

--Adiós –susurré lo único que pude articular.

Paso a paso, y contándolos, llegué a la motocicleta, entumecida y percibiendo sólo el viento helado que me quemó la piel; una actitud bastante extraña, pero ¿qué se podía esperar de mí? La locura corría por mis venas, además de otras cosas sin nombre.

--¿Qué haces Bella? –preguntó a lo lejos.

--Cuento los pasos que doy en busca de nuestro adiós –dije y me subí al vehículo—. Veinticuatro, curioso, ¿no? Hoy es veinticuatro de septiembre.

Tres meses… veinticuatro de diciembre, lo pensé y repetí también hasta que llegué a mi casa.

Me acomodé el casco debidamente y encendí la moto, su rugido inicial disparó mi llanto tan furiosamente como su mismo estruendo. No lo pude creer, de verdad me fui de su lado.

Subí la velocidad hasta alcanzar su límite permitido; percaté el horizonte: la soledad.

Mi corazón y mi alma se partieron en dos desde ese instante. Una se quedó con Edward y la otra… la otra se quedó.

Mi pecho se desmoronó en cuanto aparqué la moto en la entrada de mi casa, y el hueco embravecido se hizo tan presente, tan agudo y tan doloroso como hace un año ya en la intimidad y oscuridad de mi habitación con la noche como observadora.

Moví mi cabeza de un lado a otro con fuerza para liberarme de mis memorias y darle la espalda a la ventana que me ocasionaba tanta depresión. En cualquier minuto iría a cerrarla, sólo necesitaba terminar de escucharme para poder descansar, por hoy, de tanto dolor:

La mente es un lugar peligroso donde se guardan los recuerdos maravillosos y los fantasmas que procuran la locura en dosis controladas, pero en mi caso, las sobredosis siempre vendrán cargadas de un misterioso desequilibrio; así nací y así tengo que morir: loca, perdidamente loca por Edward Cullen.

Pasé mis manos por mi rostro para limpiar mi llanto y después estiré mis engarrotadas piernas. Estaba a punto de levantarme e ir hasta la ventana cuando una voz, que yo conocía muy bien, resonó detrás de mí, haciéndome paralizarme del miedo.

--¿Dónde está la sanguijuela? –cuestionó embravecido.

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